Ver para creer

Galicia: por un puñado de percebes

Hay mil y una maneras de visitar y conocer Galicia, y todas ellas son igual de válidas y enriquecedoras para aquel viajero que llegue con la sana intención de conocer este rincón del mundo (durante siglos el más alejado de todos los rincones del planeta). Este viajero, atraído por la rudeza de sus costas, decidió acercarse a esta tierra a través de su gente de mar.

Entre el laberíntico perfil de la Costa da Morte se encuentra la pequeña población de Corme.  El viajero llegó a esta esquina del mundo con la única intención de conocer a sus percebeiros, mariscadores que, día si y día también, se juegan el pellejo entre las cortantes rocas de esta zona del litoral.

El trabajo de esta gente es duro, muy duro. Cada mañana, haga sol, llueva o caigan chuzos de punta, tienen que enfrentarse a la furia de esta costa tan caprichosa, para arrancar de sus rocas el preciado crustáceo, empeñado en vivir y criar en las zonas más expuestas al fuerte oleaje.

Un puñado de percebes de Corme (A Coruña) - © Alberto Alonso, 2010

Un puñado de percebes de Corme (A Coruña) - © Alberto Alonso, 2010

 

No es fácil verlos. La mayoría de los días trabajan en zonas poco accesibles y lejos de la mirada de paseantes (esta es una de las razones por las que el furtivismo campa a sus anchas). Sin embargo, en ciertos días señalados, unas semanas antes de la fiesta del percebe que se celebra en esta población, así como varios días antes de las fechas más destacadas de la navidad, es fácil verles trabajar en las proximidades del faro de Roncudo (de fácil acceso en coche o paseando desde Corme).

Siempre alerta. La guardia no se puede bajar en ningún momento. Un golpe de ola por sorpresa, puede suponer perder el equilibrio y caer al mar, quedando al antojo de unas olas que no cesan de golpear contra las rocas. Al viajero le asombra descubrir que muchas de las percebeiras no saben nadar (lo que demuestra la gran confianza que tiene esta gente en su saber hacer).

Percebeiros trabajando en los acantilados de Corme (A Coruña) - © Alberto Alonso, 2010

Percebeiros trabajando en los acantilados de Corme (A Coruña) - © Alberto Alonso, 2010

 

El percebeiro trabaja corriendo. Constantemente está escapando de las olas y, cuando estas se retiran, arrimándose a los bordes más expuestos, allí donde crece el percebe más cotizado. El tiempo es oro en este oficio donde las mareas marcan cuándo comenzar y cuándo se ha de parar, así que no se puede uno entretener un sólo instante.

Es un trabajo ingrato. Agarrados a las rocas más alejadas, sin tiempo para retornar a zonas más protegidas, los percebeiros no tienen más remedio que agarrarse fuerte, agacharse y esperar que el golpe de ola les pase por encima. La confianza en uno mismo ha de ser completa. Uno sabe que si las fuerzas le traicionan puede verse en un apuro.

Percebeiros trabajando en la zona de Roncudo (Corme, A Coru–ña) - © Alberto Alonso, 2011

Percebeiros trabajando en la zona de Roncudo (Corme, A Coru–ña) - © Alberto Alonso, 2011

 

En los últimos años, la llegada de percebe de otros países (fundamentalmente de Marruecos), así como una mala gestión del sistema de lonjas gallego, ha supuesto la caída en picado del precio en origen de este crustáceo tan traidor. El viajero cree que no es justo que, en la Europa del siglo XXI, exista un colectivo que se ha de jugar la vida cada día por un puñado de percebes para apenas cubrir los gastos corrientes. A esto hay que sumarle la crisis socioeconómica en la que estamos inmersos, escenario poco favorable para el consumo diario de marisco. Una vez más, el viajero vuelve a casa con ese sabor agridulce que le deja cada visita a esta tierra mágica.

Percebeiros trabajando en la zona de Corme (A Coruñ–a) - © Alberto Alonso, 2010

Percebeiros trabajando en la zona de Corme (A Coruñ–a) - © Alberto Alonso, 2010

Consejos para una escapada de fin de semana: Tánger

Las azoteas son parte fundamental en la geografía doméstica del mundo musulman. A todo el mundo le viene a la menta aquella fotografía de Pietro Masturzo, ganadora del World Press Photo 2010 (un simple ejercicio en google puede refrescarnos la memoria).

Tánger está a 45 minutos de Tarifa, con una línea regular de ferrys (además de disponer de un aeropuerto con vuelos regulares a varios puntos de Europa), por lo que se trata de una de las ciudades africanas más próximas al continente europeo. No hay, pues, ningún tipo de excusa válida para no poder escaparse durante al menos un fin de semana a esta joya marroquí.

Azoteas en Tánger - © Alberto Alonso, 2011

Azoteas en Tánger - © Alberto Alonso, 2011

 

No es este el lugar para extenderse en los mil detalles que se esconden en esta ciudad. La recomendación del viajero es simple. Subirse a una de la infinidad de azoteas de la medina al anochecer, servirse un buen té de menta (omnipresente a todas horas del día), asomarse y ver transcurrir las horas más mágicas de esta ciudad. Son numerosas las pensiones y hoteles que disponen de una azotea, así que tampoco será difícil encontrar una.

El viajero tiene su propio rincón, al que juró volver tantas veces como pudiera en el mismo momento que lo pisó: la azotea del hotel Dar Chams Tanja, en plena medina, arrimado a la Casbah, al oscurecer, arropado por las llamadas a la oración de los imanes de la ciudad.

 

 

El sueño como creador de horizontes

En la feria de La Blanca (Vitoria) - © Alberto Alonso, 2009

En la feria de La Blanca (Vitoria) - © Alberto Alonso, 2009

 

A veces conviene soñar.

Fiódor M. DOSTOIEVSKI, Noches blancas.

La fragilidad del niño burbuja

Carnaval de Ituren (Navarra) - © Alberto Alonso, 2010

Carnaval de Ituren (Navarra) - © Alberto Alonso, 2010

 

Tras tres semanas y cuatro visitas al médico, el viajero, sentado una vez más en una sala de espera de Osakidetza (Servicio Vasco de Salud), no puede más que pensar que, con todo nuestro pavoneo de ciudadanos desarrollados, no somos más que simples niños burbuja, muñequitos de cristal amenazados constantemente por nuestra fragilidad.

El viajero sigue teniendo el vientre hinchado y dolorido, recuerdo de su último viaje a Marruecos. Cada vez que salimos de casa, de nuestro seguro hogar europeo, tenemos que pagar un peaje por nuestra obsesión de vivir constantemente protegidos. Ojo, el viajero no se queja, él asumió el pago de este tributo desde el mismo momento en que se sentó en aquel ferry en Tarifa (Cádiz). Sólo ha sido una reflexión mientras espera el veredicto de su médico de cabecera.

Galicia, sus mujeres y un futuro incierto

“Si mi marido no encuentra nada de aquí a fin de año… y con mi hijo también en casa… no les queda más remedio que volver a hacer las maletas y marchar para Alemania… mis cuatro perras no dan para todos, y el paro se acaba”.

El viajero, sorprendido, descubre que Galicia vive condenada, encerrada en un déjà vu, en un bucle sin fin donde los extremos se tocan, se entrelazan, recordándole que cuando se está en lo más alto, irremediablemente, Fortuna nos arrastra vertiginosamente hacia el fondo.

Son las mujeres gallegas las que, una vez más, se están dejando la piel, luchando de sol a sol contra los ingratos elementos de una costa que, no por capricho, llaman de la muerte.

Mariscadoras trabajando en la r’ía de Anlló—ns (A Coruñ–a, Galicia). © Alberto Alonso, 2010

Sueños rotos

Miranda de Ebro (Burgos)

Miranda de Ebro (Burgos) © Alberto Alonso 2011

 

Cualquier cosa de la que puedas estar orgulloso acabará en el cubo de la basura. (CHUCK PALAHNIUK, El club de la lucha)

Por la medina de Oujda (Marruecos)

Por la medina de Oujda (Marruecos) © Alberto Alonso 2011

Por la medina de Oujda (Marruecos) © Alberto Alonso 2011

 

Cuando el viajero pasea por la medina de Oujda (Marruecos), descubre que no tiene nada que ver con lo que ha visto en Fez, Tánger o Marrakech. Aunque el ambiente sigue estando cargado de olores intensos y los colores siguen saturando los sentidos, en la medina de esta pequeña ciudad del oriente marroquí, a apenas 15 kilómetros de una de las fronteras más herméticamente cerradas del planeta, lo que se respira es tranquilidad, el ritmo de lo cotidiano, de lo diario.

Fuera de los circuitos turísticos (concentrados en el centro y, sobre todo, occidente de Marruecos), la región de l’Oriental es una joya por descubrir.

Medina de Oujda © Alberto Alonso 2011

Medina de Oujda © Alberto Alonso 2011