Galicia: por un puñado de percebes
Hay mil y una maneras de visitar y conocer Galicia, y todas ellas son igual de válidas y enriquecedoras para aquel viajero que llegue con la sana intención de conocer este rincón del mundo (durante siglos el más alejado de todos los rincones del planeta). Este viajero, atraído por la rudeza de sus costas, decidió acercarse a esta tierra a través de su gente de mar.
Entre el laberíntico perfil de la Costa da Morte se encuentra la pequeña población de Corme. El viajero llegó a esta esquina del mundo con la única intención de conocer a sus percebeiros, mariscadores que, día si y día también, se juegan el pellejo entre las cortantes rocas de esta zona del litoral.
El trabajo de esta gente es duro, muy duro. Cada mañana, haga sol, llueva o caigan chuzos de punta, tienen que enfrentarse a la furia de esta costa tan caprichosa, para arrancar de sus rocas el preciado crustáceo, empeñado en vivir y criar en las zonas más expuestas al fuerte oleaje.
No es fácil verlos. La mayoría de los días trabajan en zonas poco accesibles y lejos de la mirada de paseantes (esta es una de las razones por las que el furtivismo campa a sus anchas). Sin embargo, en ciertos días señalados, unas semanas antes de la fiesta del percebe que se celebra en esta población, así como varios días antes de las fechas más destacadas de la navidad, es fácil verles trabajar en las proximidades del faro de Roncudo (de fácil acceso en coche o paseando desde Corme).
Siempre alerta. La guardia no se puede bajar en ningún momento. Un golpe de ola por sorpresa, puede suponer perder el equilibrio y caer al mar, quedando al antojo de unas olas que no cesan de golpear contra las rocas. Al viajero le asombra descubrir que muchas de las percebeiras no saben nadar (lo que demuestra la gran confianza que tiene esta gente en su saber hacer).
El percebeiro trabaja corriendo. Constantemente está escapando de las olas y, cuando estas se retiran, arrimándose a los bordes más expuestos, allí donde crece el percebe más cotizado. El tiempo es oro en este oficio donde las mareas marcan cuándo comenzar y cuándo se ha de parar, así que no se puede uno entretener un sólo instante.
Es un trabajo ingrato. Agarrados a las rocas más alejadas, sin tiempo para retornar a zonas más protegidas, los percebeiros no tienen más remedio que agarrarse fuerte, agacharse y esperar que el golpe de ola les pase por encima. La confianza en uno mismo ha de ser completa. Uno sabe que si las fuerzas le traicionan puede verse en un apuro.
En los últimos años, la llegada de percebe de otros países (fundamentalmente de Marruecos), así como una mala gestión del sistema de lonjas gallego, ha supuesto la caída en picado del precio en origen de este crustáceo tan traidor. El viajero cree que no es justo que, en la Europa del siglo XXI, exista un colectivo que se ha de jugar la vida cada día por un puñado de percebes para apenas cubrir los gastos corrientes. A esto hay que sumarle la crisis socioeconómica en la que estamos inmersos, escenario poco favorable para el consumo diario de marisco. Una vez más, el viajero vuelve a casa con ese sabor agridulce que le deja cada visita a esta tierra mágica.










